Ana Narcisa Anghel

Quiero confesar una cosa: cuando comencé no creía que iba a conseguirlo.

El primer día que empecé a caminar no sabía ni siquiera si iba a acabar esa etapa.

Había leído que era la más difícil de todas, que mucha gente se la saltaba por esa razón. Que de los que se atrevían muchos se lesionaban y abandonaban, etc.

Todas esas cosas daban vueltas en mi cabeza cuando empecé a dar los primeros pasos además de que no creía que iba a poder aguantar el peso de la mochila durante tanto tiempo.
Me parecía incómoda y los hombros y la espalda me dolían al poco de ponermela.

Al día siguiente empecé a tener problemas con las rodillas. Se iban intercambiando, un día me dolía una y al día siguiente la otra. Lo cual es normal al apoyar el peso en la que se tiene bien .

Después empezó a darme problemas el músculo abductor.

Después me lesioné el talón
y así seguí con él hasta Santiago.
Y una vez allí no quise parar y seguí hasta Finistere,
pero no sin antes pasar por Muxia.
Vamos que alargue todo lo que pude el camino y porque me encontré con el mar que sino me iba hasta China. 😅

Todo esto por supuesto con dolor pero ya mucho menos gracias al antiinflamatorio que empecé a tomar a las 3 semanas, porque la última iba cojeando y ya no disfrutaba del camino por lo tanto no tenía sentido seguir haciéndolo.
( Llevaba años sin medicarme por eso tardé tanto en hacerlo )

Recuerdo que el primer día, le pedí al camino fuerza. Qué mi cuerpo me aguantara hasta allá donde era mi camino llegar.

Y así comenzaba a caminar todas las mañanas sin la certeza ni la expectativa de llegar a Santiago; ni tan siquiera de acabar esa misma etapa.

Me decía a mi misma que si en algún momento de ese día tenía que coger un taxi lo haría, o que si tenía que mandar la mochila por correos de etapa en etapa lo haría, o que si tenía que abandonar lo haría.

Pero que no lo haría hasta no sentir que de verdad había llegado a mi límite.

Y al final nada de eso fue necesario hacerlo. Porque una de las cosas que descubrí por el camino, es la increíble capacidad que tiene nuestra mente.

El cuerpo puede ceder mucho antes que nuestra mente y es nuestra mente la que va a marcar nuestro límite.

El limite por lo tanto será aquel que nosotros mismos nos ponemos.

Lo que quiero transmitir con esta historia es que retos (me gusta más llamarlos así que dificultades o problemas) tenemos todos los días, y más en estos tiempos.
Estos retos pueden ser físicos, como emocionales o mentales y superarlos depende únicamente de nuestra fuerza mental.
Que casi siempre que decimos que no podemos más, sí que podemos.
Porque tal como dice aquel refran:

"Dios no te va a dar más de lo que puedas aguantar. "

No hace falta ser religioso para creer en ello, puedes creer en el Universo, la vida o en ti mismo. ( que para mi viene a ser lo mismo).
La cuestión es que es cierto, y si te pones a analizar situaciones en tu vida estoy segura de que encontrarás ejemplos de ello:

Momentos donde pensabas que no podías más y al final pudiste.

Y en este momento presente ocurre lo mismo, puedes llegar a pensar que no puedes más pero al final podrás.
Con esto y mucho más.
Y así constantemente en nuestra vida.

Podremos hasta cuando decidiremos que ya no podemos más .

Lo sé es duro de aceptar, ¿cómo vamos a ser nosotros mismos quien decide que no puede más?

Pues en lo que yo creo y he podido comprobar en varias situaciones de mi vida es que:

TODO ESTÁ EN TI.

En que tal como dicen:

"Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, tienes razón.¨